jueves, 10 de noviembre de 2011

Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás





Cristina Fallarás no escribe como el resto de los mortales. Eso es algo que ya sabíamos, pero por si a alguien no le había quedado claro con sus libros anteriores, acaba de ver la luz Últimos días en el puesto del Este, que confirma (y amplía) esa forma de escribir animal  (con alma) que es ya seña de identidad de la autora afincada en Barcelona. Cristina Fallarás escribe con los dientes, con la punta de un cuchillo, con las uñas. Y mientras otros aconsejan buscar la calma para escribir, Cristina Fallarás se lanza a lo contrario: antes de escribir se hace daño. La resultante de esta dinámica es un tipo de escritura dolorosa que ni siquiera esconde el consuelo de que tal vez resulte exorcizante para el lector. Cristina Fallarás no está para esas memeces. Olvídense de exorcismos: Cristina Fallarás ha venido a presentarles al diablo. In person.
Diablo significa calumniador. De ahí la enseñanza bíblica de que siempre que pueda acusará falsamente a los justos. Y que por eso los justos padecerán persecución por la justicia. Vayan tomando nota de estos detalles.
La novela sitúa el plano narrativo en una fecha inquietantemente próxima, en el futuro a la vuelta de la esquina. Corre el año 2016. Una mujer y sus hijos viven en una casa de la que sabremos (según se adelante la narración) que es reducto y bastión de los últimos apocalípticos que quedan en el mundo. Los sitia un ejército de integrados, un sistema organizado de gentes que, en el colmo del terror, rezan y cantan himnos sagrados por la noche. Sigan sumando detalles. Este planteamiento es, dicho sea de paso, uno de los aciertos de la obra: los bárbaros que acosaron a la Roma culta se han trocado aquí en una sociedad perfectamente establecida y triunfante acosando a un remanente de seres inteligentes, refinados y con capacidad crítica que acaban hacinados como perros en el que será el último confín libre del mundo. Las catacumbas cristianas invertidas, aquí, en el fin de los tiempos. 

En ese último puesto del Este la protagonista es una mujer que se entrega a hacer el relato de su vivencia de esos últimos días de angustia. Porque ya lo sabemos, estamos en los últimos días. Ni siquiera en el apocalipsis. Hemos llegado mucho más allá. Infinitamente más allá. Los triunfadores del apocalipsis han venido a por aquellos a quienes el apocalipsis les había sido indiferente, aquellos que en lugar de repetir oraciones se expresaban con palabras como respeto, tolerancia, libertad
Ya tienen más detalles. Alguien se ha emperrado en calumniar. 
A la mujer la acompañan sus hijos. León se llama el muchacho, pero verán que no es más que un cachorro de nombre tierno. El marido, por su parte, ha salido del reducto. Nadie sabe cuándo volverá. Para ampliar la magnitud de la soledad en que se amuralla la mujer, ya ni siquiera tiene el apoyo del marido, ese que en otro tiempo fue campeón de los valores de un mundo culto y libre y abierto.
Con la punta de un cuchillo y con los dientes y con las uñas es difícil escribir una historia de amor. La propia autora se lamentaba de esa forma suya de relatar. Y sin embargo ahí está, atravesando la novela, una historia de amor de resistencia, un amor sin mesura, un amor descompuesto que el lector irá recomponiendo con los flashbacks de la narradora, y que resultará la historia realmente sustantiva dentro de esta novela. La que le aporta su espina dorsal. Porque esta es una novela de amor, de un amor ante el que el mismo diablo se conmueve y acaba favoreciendo (porque el diablo retira el cansancio a los que se le venden por amor), un amor terminal para un mundo que, probablemente, ya no volverá a conocer qué era aquello que un día los mortales llamaron amor.
La novela es también (lo entenderán cuando se dejen arrasar por ella) una historia extraña que describe un mundo sobrecogedoramente posible. Ahí tienen el otro gran acierto de la novela. La historia está cuajada de héroes tatuados por la muerte, de guerreros fascinados por las destrucción en un mundo que se cae cascote a cascote, y sin embargo uno siente que esa historia está llegando, que esa novela del futuro puede no ser más que una crónica escrita desde el otro lado, en abîme. La misma protagonista lo dice: Nos negábamos a creerlo. Yo también. Lo espantoso es extraño hasta que deja de serlo.  Y a la vez la novela es metáfora de estos tiempos que vivimos, tiempos de acoso, de injuria, tiempos de calumnia (tomen nota de cuánta calumnia) y tiempos de escasez. Tiempos en que el pensamiento crítico parece que ya solo pone en tela de juicio valores que siempre creímos futuros y deseables y nunca llegamos a tener del todo. 
La novela resulta, pues, una obra que podría acabar siendo terrible si no fuera porque a veces se le escapa a la autora de entre los dientes, de la punta del cuchillo, alguna frase que suena rabiosamente a vida y a apuesta por la vida. La protagonista, enfrentándose al final de su historia, bendice a sus hijos con estas palabras:
“Niños, estamos vivos, somos capaces, tenemos esto. Esto, esto que tenemos es nuestro. Brindemos por ello con nuestras cucharillas”
Incluso en la fase terminal de nuestro mundo inteligente a manos de la obcecación religiosa, la poesía sigue latente. Es el milagro de la literatura. 
Sin frases como esta, la vida sí que sería un infierno.

Acérquense pues, y déjense arrastrar por el mundo que les propone Cristina Fallarás. Pero háganlo rápido. No olviden que hablamos de los Últimos días en el puesto del Este. El tiempo corre, y demasiado a menudo llegamos tarde a las grandes ocasiones.

jueves, 3 de noviembre de 2011

"Asesinatos profilácticos": todo negro

Asesinatos profilácticos se materializa esta semana en librerías. TOMEN NOTA: Cristina Fallarás, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Pedro de Paz, Guillermo Orsi, Juan Ramón Biedma, Willy Uribe, Raúl Argemí, y otros, en una antología de 240 págs. que se presenta como un catálogo amplio del nuevo relato negro en español. Lo edita Ediciones Irreverentes.
Mi trabajo consistió en contactar con los autores, recibir ideas, hacer acopio de textos. Luego, la revisión. El consejo, la orientación. En último término, la guerra contra los ataques de la pantalla, empeñada en acabar conmigo a galeradas. Fui más fuerte.

Lo que me deja ese trabajo pasado es un poso de quietud que no sé si llamarlo felicidad. 
Se lo debo a ell@s: los autor@s que han colaborado en esta obra deliciosa para amantes de lo negro.



Y aquí, el prólogo de la obra. 


De acuerdo. Tienen derecho a acusarnos de pragmáticos. Thomas de Quincey (ese viejo socarrón) observó también el fenómeno, pero desde una perspectiva más romántica, cuando reclamó para el asesinato un espacio propio entre las Bellas Artes. 

Eran días de idealismo y empresas pasionales, y acaso de haberlos vivido habríamos dado a luz una antología bajo el epígrafe de Asesinatos hermosos. Pero nos han tocado otros tiempos, y por más que se cacaree el asunto de la irreductibilidad del artista en tiempos de crisis, no hay forma de sustraerse a las coordenadas actuales de productividad y beneficio. Beneficio, como lo oyen: el de la profilaxis que puede suponer un asesinato a tiempo.
El público lector de todas las sociedades ha sentido una fascinación por la sangre apenas disimulada. Se ha presentado en la literatura como un elemento aleccionador contra la enormidad en épocas de puritanismo; y en épocas de libertad moral, como una muestra del resabio animal que todavía queda por domesticar en el homo sapiens. En uno y otro caso el asesinato apenas si logra esconder su voluptuosidad bajo la seda insinuante de su pretendida función práctica, educativa. En la novela negra (la derivación natural del antiguo relato policiaco en estos tiempos de liberalismo y corrupción global, bendecida y aceptada por el sistema), el crimen es presentado, descrito y explicado con la debida atención. Mostrado en sus aspectos refinados o crueles. Sin embargo la historia  contada ahora se recubre de una pátina muy del gusto de un mundo que, al parecer, se descompone sin encontrar el socorro de quienes deberían velar por el bien de sus ciudadanos. Se dice amoralidad. Es una pátina cool: juzgue el lector lo que ve. La misión del autor en la negra no es otra que mostrar, y mostrar sin detenerse ante nada. Ni por grave, ni por ligero, ni por áureo. Quiero decir: ante nada.
Para atender como se merece al paladar entendido, nada mejor que combinar ambos componentes, el del asesinato seductor, y el de su utilidad práctica. Y el resultado de nuestros desvelos lo tienen en sus manos. Un libro que relata 26 asesinatos variados, diversos, chocantes e inesperados, y todos, todos perfectamente útiles. Para sus protagonistas, por supuesto. Cómo íbamos a caer nosotros en la barbarie de justificar tropelías, en este siglo de bendita civilización... En esta propuesta de antología que Ediciones Irreverentes presenta hay una variada muestra de tendencias. Como toda antología, no dejar de ser un capricho, y como tal, admítanlo, la censura está injustificada. Habrá quien ponga objeciones, quien denuncie ausencias, quien invoque el purismo del género y nos declare heterodoxos, y de alguna forma todos tendrán su parte de razón. Y es que esa es la razón de nuestro capricho: queremos dar motivos para polemizar. Porque una antología debe propender a la polémica, a sacudir de la modorra nuestras serias y sesudas librerías, llenándolas de algún grito destemplado, nuestras tertulias de modales correctos en los que ya nadie se acuerda del dulce cariz de una provocación.  
Hay que recuperar las formas. 


La negra en España y Latinoamérica tiene más que asegurada su pervivencia con la calidad de los autores que en la actualidad la cultivan. Diría más: la continua innovación de la novela negra en español la sitúan como una de las vanguardias más activas dentro del género a nivel mundial. De ahí precisamente nació nuestro primer quebradero de cabeza, dado que en el caso de la novela y el relato negros la nómina de autores disponibles es francamente extensa. Y hablamos solo de los de calidad. A ello se debe que hayamos centrado la atención en los autores vivos en exclusiva, rechazando los padres del género (en España, Argentina, Cuba…), cuya obra es ya un monumento de referencia. En un segundo paso optamos por centrarnos en autores que reflejaran las más variadas tendencias, con un equilibrio justo entre autores veteranos y  autores jóvenes. En todos los países de habla hispana existe una élite de autores que no necesitan ya demostrar nada: su obra (voluminosa en muchos casos) habla por sí misma, y merecen una atención particular que no puede ofrecérsele en una antología al uso. Son legión: a los Juan Madrid, Andreu Martín, Mariano Sánchez Soler, Francisco González Ledesma, habría que añadir a David C. Hall (sí, español sin duda), Carlos Zanón, Javier Calvo, Fernando Marías, Alicia Giménez Bartlett (y con esta lista, solo en España ya hemos cometido olvidos injustos); en Argentina, Guillermo Saccomano, Ricardo Piglia, Leonardo Oyola, Matías Néspolo, Rolo Díez, Jose Pablo Feinmann; en Cuba, Leonardo Padura, Lorenzo Lunar, Amir Valle; en Colombia, Mario Mendoza, Jorge Franco Ramos, Fernando Vallejo; en México, Eugenio Aguirre, Juan Hernández Luna, Gerardo de la Torre; capítulo aparte merece el incombustible autor y agitador cultural al que tanto le debe la popularización de la novela negra, Pago Ignacio Taibo II, reconocido como clásico en vida.
Una legión, ya les avisé.
Lo que van a encontrar en estas páginas es un muestrario amplio, una panorámica exhaustiva del género. Así, en la más pura línea clásica abre fuego Guillermo Orsi, argentino, el Hammet del español por derecho propio, con un relato de trasfondo político que trata de ajustar cuentas con los milicos que llevaron al país a la guerra de las Malvinas. Argentino como él, otro autor de gran predicamento, Raúl Argemí, se atreve con un remaque de un relato de Hemingway, con resultado inesperado, ingenioso. En esta línea ortodoxa se inscriben otros veteranos como Andrés Fornells (que hurga en la noche ambigua) y Álvaro Díaz Escobedo (con un relato construido sobre la fábula de Caín que haría las delicias de un tipo adusto como Unamuno); José Manuel Fernández Argüelles, que planea un asesinato desde el desengaño; Emilia Luna, que descubre a los fulleros del mundo de las carreras; Joaquín Llorens, que arranca su relato de las noches de especias y músicas sensuales de  las Mil y una noches. 
  Una segunda línea de fuerza la encontramos en Willy Uribe, con un relato coherente con la atmósfera de otras novelas suyas como Cuadrante las Planas, o su exitosa Los que hemos amado. La tensión del relato termina generando una angustia opresiva de proporciones ontológicas, que como ya sabrán pueden resultar más lesivas que el asesinato simple. En esa misma línea de enormidades desazonantes Cristina Fallarás presenta a una mujer deforme empeñada en practicar una poda social a su medida, un personaje revelado aquí en primicias, porque será protagonista de su próxima novela, nos ha confesado. En igual órbita de crueldad giran precisamente los tres microrrelatos del volumen: "El caos asesino", de quien esto escribe; "Instrumento de justicia" de Harold Karlton Bruhl; y "Medio segundo antes", de Iván Teruel. Resueltos con la sorpresa final de rigor y la brevedad que intensifica los efectos, son tres buenas muestras de narrativa experimental dentro del género.
Y ya que mencionamos el aspecto experimentador, señalaremos tres relatos que rompen en cierta medida con la preceptiva de la novela negra para explorar nuevos caminos: Miguel Ángel de Rus juega en su relato con un asesinato intangible, y no por ello nos parecerá menos terrible; Isaac Belmar, se recrea en un asesinato sobre el que flota una atmósfera onírica, y un arcano metafórico (la puerta verde); Daniel Barredo rompe la sintaxis y llama a sus personajes con letras y números, para componer una escena en las letrinas del Estado. Un tema favorito en la novela negra, este de la crítica a los desmanes del Estado contemporáneo y democrático, que sirve de materia prima  también al relato de Julio Fernández (que pone en la diana a V. Putin, nada menos). 
Pero un género que tiende a la subversión no podía dejar a un lado una de las mejores armas de corrosión masiva (y legal) que nos quedan: el humor. Y lo encontramos abundantemente en estas páginas. Es la clave interpretativa de los textos de Manuel Villa-Mabela (sobre esa subespecie humana que son los agentes de aduanas), de Alberto Castellón (sobre un archifamoso escritor italiano, aunque virtual), de Carlos Augusto Casas (con el valor pedagógico del reciclaje dentro de los laberintos del comercio chino), de Joseba Iturrate (que salva a su protagonista y antagonista alternativamente con la ayuda de la ingeniería genética más disparatada), y de José Luis Ordóñez (con una conversación metaliteraria entre inspector y asesino a cuenta de la novela negra). 
Un último grupo de textos cultivan el lado urbano del relato negro. Son los textos de Carlos Salem, Pedro de Paz y Juan Ramón Biedma (de quienes hablaremos a continuación), además de los de Teresa Galeote (tan actual que narra el modo expeditivo en que un asesino se las ingenia para encontrar un puesto de trabajo), y Manuel Vidal Lasso (con un asesinato prostibulario en el que juega con un enigma de  diversas interpretaciones, que son, por supuesto, diversas formas de narrar el mismo crimen).
Nos queda reseñar a un grupo de cuatro autores de sobra conocidos, cuya obra individual ha sido suficientemente aplaudida por crítica y público. Cada uno con su propio estilo, y una orientación temática propia, sin embargo han querido presentarse como grupo: son la autodenominada Generación Torrezno. Un tremendo comando integrado por Carlos Salem (capo indiscutible), Juan Ramón Biedma, Pedro de Paz y Jerónimo Tristante. Son sobre el plató literario (y en el backstage subsecuente) el lado canalla de la novela negra actual, la rama hipertrófica que crece tanteando nuevas posibilidades y se revuelve contra cualquier forma de ortodoxia que pretenda tutelarla. Lo incorrecto, lo inusitado, lo disparatado, lo irreverente es seña de identidad en estos autores-y-sin-embargo-amigos que a día de hoy forman un póquer de ases que, por suerte para el resto de los mortales, aún no ha dicho todo lo que tiene que decir. Cuatro deliciosos relatos incluidos aquí son obra de este hiperactivo comando.
Parece que la novela negra no para de crecer (en calidad y volumen de producción), y el cariz que va tomando la situación económica mundial le va a seguir dando tema para muchas, muchas novelas y antologías como esta. Eventos como Getafe Negro, Mayo Negro (auspiciado por la Univ. de Alicante), BCNegra y la últimamente agitada y nunca lo suficientemente alabada Semana Negra de Gijón (por citar solo el caso español) son argumentos palmarios que certifican la buena salud de que goza el género negro en español. El próximo paso, adjudicarle un espacio dentro del canon literario contemporáneo, ha comenzado a hacerse realidad con la creación de un micrositio dentro de la web de la Biblioteca Nacional de España (http://www.bne.es/es/Micrositios/Guias/novela_policiaca/novela_negra_catalogo/). Y no podemos por menos de congratularnos. A veces la inteligencia acaba llegando a las altas esferas.
Son 26 placeres inocentes, pese a su espantoso título. Disfrútenlos. Y por favor, eviten luego ir contando por ahí que gozaron de un libro con tanto asesinato. Pudiera ser que alguno de ustedes acabara siendo promovido a presidente de un banco central, y eso enturbiaría nuestras amistades. 
Esas cosas a veces ocurren.


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http://www.edicionesirreverentes.com/narrativa/Negra4.html

miércoles, 19 de octubre de 2011

El diletante en el tren



Tú debiste de verlo mejor que nadie, a fin de cuentas lo tenías de cara. A veces uno da con gente así en medio del mejor debate, gente rodeada de las circunstancias más favorables y empecinada, sin embargo, en dinamitarlo todo para que no tenga efecto alguno sobre su cabeza. El destino le consiente demasiado a ciertos individuos. A nosotros lo único que nos había consentido en todo el viaje era que en el restaurante del tren hubiese una botella de armagnac. 

Todo lo demás fue mediocre, cándido, y de un gusto inadmisible en un tren que quiere ser cool. Supongo que por eso surgió entre los chicos la discusión sobre el asunto de la belleza. Arturo, o quizá Jota, cualquiera de los dos pudo ser el que sacó la revista donde apareció la foto de B. Es el que está ahora en boca de todos. J.G. lo ha encumbrado como su modelo favorito, y luego ha ganado toda esa fama y esa posición que hacen de él la criatura más envidiada. Tú entonces sólo tuviste ojos para la panda aquella de brujas que iba de despedida de soltera, pero ni así lograbas disimular. Al lado de B. cualquier belleza te parece desvaída,
lo has dicho lo suficiente para que te entendamos. Yo saqué mi lado académico, y sugerí que los artistas que tienen obsesión por la belleza siempre terminan colocando a sus amantes en el centro de sus obras. Ahora lo hacen los modistos (porque quién si no tiene hoy día preocupación por la belleza), pero siempre fue así. Arturo y Chencho sacaron su lado sátiro, pero son chicos con buena base, y estoy seguro de que van a llevarse de calle la tesis. Ni disimulando fuiste capaz de ocultar la sonrisa con dos o tres de sus barbaridades, cuando se cebaron con ese viejo verde de X., que usa el rectorado para verse con jovencitos a los que enreda proyectos que suenan a aborto mental.

Sé que en todo ese tiempo estuviste pendiente del inglesito que había venido con la Erasmus. Un chico de un estilo peculiar, hay que reconocerlo en honor a tu buen gusto. Pero yo hablé y hablé, hasta que dejasteis de escucharme, y después del segundo armagnac ya ni me importó. Me puse a mencionar todos los casos conocidos de artistas que colocaron en el centro de su obra a sus amantes, y me puse a divagar con la milonga de que los amores también son creaciones artísticas, y que por eso tienen que modelarse con una delicada atención a la estética. Hablé del Salai a quien amó sin medida Leonardo, y a quien luego se empeñó en pintar bajo el aspecto de un S. Juan Bautista para que en el futuro también lo adoráramos. Hablé del Cavalieri que hizo enloquecer a Miguel Ángel, y de la virgen del Tondo Doni que ni parece virgen ni mujer, como si fuera otro de sus amantes. Hablé de Verlaine babeando por el mozalbete Rimbaud. De Chester Kallman en el centro de la poesía de Auden. Hablé de tantos que pensé incluso que el tema valdría para otros como tú, que aún esperan inspiración del cielo para empezar la tesina. Pero ya vi que sólo tenías ojos para el inglesito orgasmus. A propósito, parece que el debate no llegó a inquietarlo. Estuvo todo el tiempo mirando su propia foto, la llevaba en el móvil. Chencho hizo buenas migas con él, y me contó esa afición suya a pasarse las horas mirando su foto y retocándola con photoshop. Pues, en efecto, por la facultad pasa mucha gente como el inglesito. Por cierto, se llamaba… ¿cómo dijiste que se llamaba?

—Se llamaba Dorian. 

Se llamaba Dorian, es verdad, y cualquier otro arte le importaba poco.

viernes, 14 de octubre de 2011

Eleanora ve la luz*


Eleanora recuerda ahora que al final de aquella tarde la decisión de marcharse ya estaba tomada. Lo recuerda ahora que, en tantos aspectos, ella es otra. No sabe decir en qué momento exacto su mundo tangible se cobra otras claves. Haciendo memoria puede verse a la salida de misa de tarde, en el jardín. Está sola y es de noche. Sobre su cabeza hay un mar de estrellas que le enseñan el pasado, en abismo. Pero el mar es un pequeño cuadro que limitan la barda y el edificio que es el internado. Un trampantojo, piensa. El mar de estrellas es inmenso, y rodea la tierra como una boca interminable, pero yo, desde aquí, solo veo un cuadro. Un cuadro minúsculo. Mi familia es otro trampantojo. Las monjas, el internado, me dejan ver un cuadro muy pequeño, que simula englobarlo todo. Vivo en un hermoso trampantojo.
Salir del trampantojo.



lunes, 10 de octubre de 2011

Protocolo para desconcertar a la Inevitable



Prospecto I
Es fantástico probarlo por primera vez. Luego uno ya no sabe parar. Aunque lleva tiempo aprender la técnica y adaptarse a las sucesivas sensaciones nuevas para las que uno no siempre está preparado. 
Hay que intentarlo, no obstante. La primera vez duele arrancarse la personalidad, no tanto por los principios, el archivo de la memoria y todo ese fardo pesado de las experiencias sustanciales, sino sobre todo porque arrancarse la piel y los órganos son un acto poco estético. Por eso digo que la primera vez es siempre la peor, pero todo es cuestión de cogerle maña. Luego uno no sabe parar: yo mismo he sido misionero entre guaraníes, y antes fui rey negro de poderosos atributos, y luego fui esquimal que vivió mañanas y noches de seis meses, y fui monje en una pagoda, y fui una médium inglesa, y fui un ostrogodo sanguinario, y fui un revolucionario en la Rusia de 1917, y fui madre de una prole huichola, y fui un pastor bereber, y fui el judío que sostuvo en alto el brazo de Moisés, y fui también un ánade salvaje, y una avispa, y una flor de loto, y un virus del cólera, y un colibrí, y una raíz de mandioca, entre otras muchas encarnaciones.
Las serpientes que cambian de piel cada año son el mejor ejemplo de que esta forma de evasión asclepiana es posible. No presenta efectos secundarios. 
Una sola advertencia: hay que estar dispuesto a que siempre lo tengan a uno en el punto de mira. La masa no es comprensiva con estos excesos de originalidad. Y la originalidad es nuestra única salvación, ya lo ven.

Prospecto II
La gente se asusta durante los velatorios. El método provoca ruidos extraños, y al principio se sonríen (creen que el responsable siempre es el individuo que se sienta enfrente), luego se muestran incómodos, y al final son las mujeres las que acaban por organizarse para tratar de buscar una solución. A partir de ese momento la situación puede tomar rumbos inesperados: las mujeres buscan entre las ropas de la difunta, bajo la tapa de madera, no es extraño que acaben incluso por soltarle el pelo (lo que genera una escena erótica que siempre obliga a tapar la imaginación de los hombres) o por desnudarla de arriba abajo (para lo cual se vacía la sala previamente de pensamientos deshonestos). El resultado final es siempre el mismo: desesperados por no encontrar el origen de los ruidos extraños, los presentes se miran a la cara y llegan al acuerdo tácito de seguir adelante con las honras fúnebres más hermosas, que es lo único queda frente al terrible dispendio que acaba de hacer la vida.
Luego del entierro se extiende por la comarca una leyenda de lascivia y eso atrae amores desenfrenados durante unas semanas. El proceso es éste: los visitantes de las tumbas aledañas creen oír ruidos extraños, y algunos llegan a aventurar que de fondo oyen también gemidos. Gemidos de placer, dicen los más imaginativos. Luego se corre la fama y durante el tiempo que dura ese fenómeno la tumba está habitada casi todo el día. La compañía alegra tanto a la difunta que se mantiene incorrupta todo ese tiempo. Y feliz.
El tiempo estimado del fenómeno es: hasta que se le acaban las pilas al dildo.

Prospecto III
Si no quiere que la Inevitable incluya su nombre en la nómina de sus conquistas, lo que no debe hacer es morirse. Nunca, ni siquiera por desliz. Y, caso de que no vea cómo escaparse de este mundo sin pasar por el trance, márchese sin comunicárselo a nadie.
Cierto. Usted está pensando correctamente: eso no lo inmuniza frente a su obligación de abandonar este mundo. La culpa es suya (siempre, la culpa, siempre suya, la culpa) por no haber sabido reaccionar a tiempo, uno tiene que estar ojo avizor  frente a esos contratiempos, y no descuidarse nunca. Pero ya que está en el caso y la va a palmar, lo mejor que puede hacer es mantenerse lejos de sus familiares y amigos, tenerlos en la ignorancia supina de lo que usted está a punto de pasar. Luego correrán los años, y sus compañeros de colegio sufrirán paros cardíacos, cánceres, accidentes de tráfico, hidropesías, enfisemas, y gonorreas incurables, y lo recordarán en esos momentos con envidia, con un rencor galvánico, porque usted seguirá vivo en algún lugar, adonde se habrá marchado para no tener que preocuparse de visitar a sus amigos en la decrepitud.
La memoria de los que se marcharon se irá desvaneciendo, y usted seguirá sin aparecer en la lista de la Inevitable, un hecho cada vez menos capaz de inquietarle, porque siempre se llega al momento en que desaparecen aquellas últimas neuronas que se entretenían con el nombre de usted. Ése es el fin del peligro.
Ahora puede correr a sus anchas, saltar y disparar con tirachinas a los vidrios de las casas vecinas, como cuando era un mozalbete. Podrá reírse del resto de los mortales, y gastar el tiempo que le plazca en repasar la vida de los que lo rodearon durante tantos años. Usted vivirá así, sin inquietudes, por los siglos de los siglos. Porque nunca morirá.
Es cuestión de aclimatarse entonces. Lo demás es un efecto de la sociedad de la información, en la que usted, por suerte, ha vivido todo este tiempo.

Publicado originalmente en Microantología del microrrelato II, Eds. Irreverentes

lunes, 19 de septiembre de 2011

Palermitana



Yo no tenía intención de comprar nada en ese momento; la familia quería un detalle sencillo, algo que poder llevarse en lote y por poco precio para repartir entre los amigos; la señora quería venderle a la familia un buen lote, y a mí algo caro; yo solo quería saber por dónde podría empezar el paseo sin perderme nada importante. A la puerta de la tienda, sin ir más lejos, una iglesia barroca, envejecida a la palermitana, intentaba amilanarme con un mirar chulesco, y eso siempre es una provocación. La guía que llevaba entre manos ni me la mencionaba.
La señora con un gesto esquivo me dio a entender que me sacaría de dudas, pero que no tuviera prisa. Lo primero era la venta. Y la familia sin decidirse. Me dijo el precio de una trinacria sin que se lo preguntara, y el de un puppo, no sé cuál, a lo mejor el de Angélica. Alguien cogió una camiseta, y un plato decorativo con todas las imágenes de toda Sicilia que resultaban el digest perfecto para los que nunca van a ir a Sicilia. Tenían que mirar bien, insistía la mujer: había banderas del equipo de fútbol, flores de felpa, carros tradicionales, figurillas del padre Pío. Su escote también parecía obsequioso. Pero lo primero era la venta.
¿Ha visto el teatro Politeama? ¿El teatro que dice es el de aquí atrás?, le respondí. Alguien de la familia iba sacando monedas y algún billete para salir pitando, porque el resto de la tropa se había salido y ya andaba calle abajo. La señora me dirigió una mirada pícara, y volvió los ojos al dinero. Ya no se hablaba, quería decir, no mientras en medio anduviera el asunto de la pasta. El teatro Politeama está cerca de aquí, pero tienen que ir un poco hacia atrás, en dirección contraria al centro. El teatro grande que han visto al aparcar es el teatro Massimo. Y cuando salgan de aquí, si giran a la derecha, estarán ya en dirección a la zona monumental, dijo. Pero lo dijo cuando ya el dinero estaba de su parte.
Aún volvió a mirarme otra vez como si esperara confirmación de que había procesado bien la explicación en italiano, pero su cabeza estaba en otro lado. Con el dinero en la mano se tocó la frente, y los pechos, y luego a ambos lados, y entornó los ojos con una sonrisa complaciente.
Ante la perspectiva de una buena venta, el escote ni se lo hubiera planteado. 



miércoles, 31 de agosto de 2011

El apéndice inútil



Ni para la familia. Ni en el amor. No sirve aunque nos empecinamos en usarla, tiene romos los filos, lo sabemos, pero seguimos empeñados en echar mano de ella. Tampoco sirve en el trabajo. Ni siquiera en un entretenimiento tan contingente como las conversaciones de barra de bar. Ni para las disculpas. La bofetada, el gesto airado, una bala son mucho más definitorias.
La lengua no sirve.
Después de treinta y pico años integrado en un mundo feliz de palabras esponjosas, ahora entiendo que ellas también eran aire, sobre todo. Que se ha tejido una obra deliciosa de declaraciones y organismos y derechos que dicen libertad, pero querían decirnos pobres imbéciles. Dame el voto, y piérdete. No te rebeles, o serás el enemigo.
Enseño lengua a diario, y no hago más que contribuir a que la Gran Mentira se asegure una larga vida. Esa es la cinta de Moebius en la que se desliza mi vida, y no sé romperla. Porque no hay nada que enseñar, no hay nada que creer. 
La lengua no sirve.

No sirve.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Mecánicas de retorno


Puede que estemos diseñados mejor para abrir caminos, comenzar proyectos,  tomar la maleta y subir al tren. Somos capaces de hacerlo con el mejor de los ánimos. He empezado a entender a ese tipo de gente que hasta ahora me irritaba, la que responde al tipo de emprendedores-hacia-el-cero, que tanto abunda. Lo conocen sin duda, ese amigo que cada vez que encuentras tiene un plan nuevo por el que jura que va a dar la vida, hasta que llega el nuevo plan que deja al otro en vía muerta. Y así pasan la vida. Pero es que lo otro, hacer el camino, llegar al final, sentir la aniquilación en un microsegundo y luego tener que retornar a la rutina, a esa insípida forma de dejarse arrastrar, es un trago angustioso.
Alí era el chico que atendía la casa. Acudía enseguida al estertor de los habitantes de la casa al levantarse, en cuanto detectaba movimiento. Acudía a estar, simplemente. No echaba una mano, no ofrecía ideas. Acudía a no estar solo. A asegurarse de que al otro lado de su sonrisa hubiera un saludo, una evidencia de pequeña comprensión. Luego del desayuno me marchaba de la casa con mi gente, a hacer fotos y comprar las fruslerías de un turista que empezó el viaje con toda la animosidad, y el plan sobrecargado de trazos en el mapa. A la noche seguía ahí. Hasta que dejaba de oírnos. Y a la mañana siguiente, cuando todo volvía a comenzar de la misma forma, ahí estaba otra vez. Alí. El muchacho que no conocía el placer de comenzar proyectos.
Volví hace unos días. Volver es terrible. Acabar un proyecto es una faena para la que no estamos bien diseñados. En un solo día, cuando partimos, me tuve que despedir tres veces, en tres momentos diferentes, y en cada despedida volvía a sentir concentrada esa brevísima aniquilación que es renunciar a tu gente. Despedí amigos, despedí hermanos. No estoy bien diseñado para acabar proyectos. 
Alí nos dejó una carta escrita, y un montón de dinero (un montón de dinero, sí) dentro para dos chicas de nuestro grupo. Decía que no había podido comprarles nada como regalo. Alí es pobre. Tiene 20 años y solo trabaja seis meses al año. Malpagado.
Tampoco tiene proyectos. Vive solo en el lado desesperante donde acaban, cada vez que ha encontrado una cara amable que durante unos días le aseguró una pequeña comprensión.
Se enamoró con la candidez de los solitarios, y se lo dijo a una de las chicas. Le apuntó su teléfono, y le pidió que le llamara. Alí tampoco estaba preparado para los finales.
Pero sabía decir adiós sin romperse como su pequeño mundo feliz de dos semanas. 

martes, 14 de junio de 2011

Retazos del álbum familiar

Santiago García Tirado
 
El padre pintor
    ¿Pero acaso alguien en el barrio se  hubiese atrevido nunca a decir media palabra de más acerca del señor M. mientras vivía? No se había caracterizado precisamente por conductas escandalosas, y ni siquiera llamaba la atención más que cualquier otro habitante del barrio. Sólo pasados algunos años de su muerte supieron los vecinos que el señor M. había sido el pintor cuyo nombre habían oído mil veces en las noticias, y de ese modo terminaron por encumbrarlo como el más admirable de los compañeros de días que habían compartido aquel pedazo de mundo.
    Les resultó una idea deleznable que alguien se hubiese atrevido a publicar un libro después de su muerte, cuando por fin habían llegado a amarlo, aprovechando el lado oscuro que (supuestamente) el señor M. había mantenido oculto en vida. Los vecinos se sintieron dolidos, y desde entonces la tristeza se fue colando desde las calles a las casas sin respeto ninguno. Vino cabalgando en las ondas de la radio, agazapada entre las letras de los periódicos. El autor de la (supuesta) biografía había desgranado una a una las perversiones de su pintor muerto, y las había vendido en un libro con el que había hecho una fortuna. Analizaba su vida sexual fría, y cómo había alimentado el apetito de su propia mujer con hombres que sabían excitarla y la cubrían como animales. Contaba cómo el pintor se extasiaba con aquellas escenas (porque no hubo una que no presenciara divertidamente), y luego pintaba uno a uno a todos los amantes de pago, que él luego transmutaba en reyes exóticos.
Por alcanzar su gloria, el pintor no se echó atrás ni para convertir a su esposa en una esclava de su obsesión sin norte.
    Era cierto, como decía el libro, que siempre había pintado retratos de hombres, y sólo de hombres. Que sus retratos eran héroes extrañamente ataviados, posando sobre campos más extraños y bajo unos cielos del color inefable de los sueños. Que todos eran rostros de una belleza que erizaba el espinazo incluso a los más rudos. Pero todos coincidían en que si hubiese pintado de otra forma ya no habría sido un genio. Su pintor era distinto: por eso veía el color del aire, y leía el miedo en los ojos, y pintaba el sabor de la piel como sólo saben hacerlo los elegidos.

viernes, 13 de mayo de 2011

Tres libros (a petición de Radio Exterior)

Es verdad que usted puede leer novela, ensayo… incluso poesía sin que eso haga mella en su condición de buen ciudadano, o ciudadana. Hay un tipo de libros que no le incomodarán ahora que usted ha dejado de fumar, paga unas facturas de espanto por el uso de internet, le da por toser cuando aparecen en la tele algunas escenas subidas de tono y aprieta siempre el tubo del dentífrico desde abajo.

Es usted una persona modélica y vivirá sin sobresaltos, aunque pobre.

Pero en el Periódico Irreverentes les aseguramos cualquier cosa, excepto ese aburrimiento mortal en que tanta gente ha decidido instalarse. Y le recomendamos por eso que pruebe a pasarse con nosotros al lado oscuro...  



Tal vez no haya reparado en que los libros provocadores comienzan en las portadas. Le aconsejamos que busque un libro negro, sobre el que anda un escarabajo cubierto de ágatas que devora palabras: verá que se titula "Microantología del Microrrelato II, y es de ediciones irreverentes". Ése el licor prohibido: tómelo con cuidado: se esconde allí dentro demasiada gente lista de medio mundo: Ignacio del Moral, Alonso de Santos, Joaquín Leguina, María Zaragoza, el peruano Fernando Morote, el venezolano Juan Martins, y otros ya difuntos, como Rubén Darío, como Ricardo Güiraldes.

Pruébenlo:  verán aquí fotógrafos torpes en Navidad, ángeles que mueren de frío, tías de otra época que ponían firmes a los curas, hombres de pecadillos contra natura jugando a reinterpretar a Mozart, mujeres vestidas de mamarrachos por las calles libres de una gran ciudad. Un tanto de lágrima, y otro tanto para reír. Porque usted será una persona modélica, pero aún siente un pálpito ahí dentro. Opino.

(…)

Javier Calvo camina desde hace tiempo sobre tierras oscuras. Espiritualmente, pero en oscuro. En su último viaje literario ha recalado en Suomenlinna. Tomen nota: Suomenlinna, en la editorial Alpha Decay. Hay mucha oscuridad en Alpha Decay: toda buena. Apetecible.

En Suomenlinna encontrarán tierras brumosas en el círculo polar, un grupo patético de adolescentes, y mucho black metal. En el aire Odín enciende el fuego de su culto, y la condena de los herejes, y en la tierra esos muchachos sin norte (fíjense: y en Finlandia) se deciden a ser los guerreros de los dioses olvidados. Hay mucho más ahí: hay frío, y hay una existencia fría entre seres fríos. Hay frustración. Hay una película titulada The Wicker man que enciende cada página del libro, y lo multiplica. Hay algo de Mirkka Rislakki que acaba untando las manos con las que sostenemos el libro.
Hum: Suomenlinna…

(…)

y tres: el lado oscuro está lleno de carcajadas. Particularmente si leen a José Luis Alonso de Santos. Reeditada ahora por ediciones Irreverentes aparece "fuera de quicio". Fuera de quicio es teatro. Y teatro para ser leído, ahora que ya no hay gobierno ni ayuntamiento que pague a los actores las facturas que les deben. Ah, pero ahí está el libro para echar fuera de quicio cuanta rémora ha puesto sobre nuestras cabecitas honradas este mundo perfecto a la medida de bancos y palabreros y prometedores de paraísos y de paces interiores. Fuera de quicio es el disparate, y la risa buena, la que pone en la picota los principios benditos que usted, y yo, y cualquiera que tenga la tentación de vivir como un ciudadano modélico jamás se atrevería a poner en entredicho.

Pero ¿qué es la literatura, si no? Lean Fuera de quicio: un manicomio donde sólo los locos mantienen la compostura, donde los que gobiernan asesinan y cultivan el espionaje, donde las monjas trapichean con droga, y en fin, no hay verdad en la que creer a menos que uno haya perdido la cabeza, y por supuesto la única forma de supervivencia es haber perdido la cabeza. Si el protagonista al final saltara desde la ventana al cielo de la Rayuela, por fin habríamos cerrado el círculo de la literatura de ambos lados del océano.

Tres libros que les recomendamos. Tal vez luego dejen de ser ciudadanos ejemplares, y vuelvan a fumar, y tal vez incluso incurran en el delito imperdonable de no pagarle las letras al banco.

Pero tranquilos: para entonces la vida habrá pasado, y una vez más la literatura les habrá enseñado a vivir. Plenamente. Es lo que encontrarán en este lado oscuro.

Yo simplemente, se lo advertí.

miércoles, 13 de abril de 2011

Este calor, y Hedwig y Wilde y Jorge Carrión... y esos cuerpos que retornan



Tiene que haber sido este calor. Un día salgo a la calle y súbitamente encuentro que los cuerpos han vuelto a su territorio. La vida, ese pálpito. Esa tentación de reír y de acariciar y de cantar un rock ochentero o algo más expuesto aún. El ojo, el tacto, el olfato y el gusto esperando oír algo que complete el cuadro de la primavera, pero algo de carga humana, algo menos bucólico que un trino de pajarillos, algo más voltaico. La sensualidad  acezante, ah...

Tiene que haber sido este calor llegado a traición. No puede haber sido tan sólo porque la semana pasada lo pasé en grande con esa cinta de John Cameron Mitchell travestido en Hedwig and the angry inch, que es la alegría de vivir, y un disparate de empezar a reír y no parar. No creo que fuese tampoco por esa efusión de textos que son cuerpos en sí, o viceversa, y que en un descuido me dejé inocular por Jorge Carrión al hilo de uno de sus últimos posts, un estallido de textos y citas y películas y ensayos que lo dejan a uno en estado de zozobra y como predispuesto a que el espectáculo de la calle con este calor tome la forma de otra gloriosa experiencia del abismo. Hum… y apetecible. Pero ni siquiera puedo creer que tuviese mucho que ver en mi descomposición sensual de los últimos días el hecho de que acabo de revisitar al Wilde desbraguetado de El retrato de Dorian Gray. Fíjense, y sin programarlo: tres piezas de travestismo y rollo gay en un solo pack semanal. Pero no creo que sólo la lectura o el cine hayan servido para tanto.

Ha tenido que ser una conjunción de los astros primaverales, que son así de canallas. Bueno, y al final vamos a tener que asumir que un poco también será culpa de éstos que sin quererlo (yo) me envenenaron las tardes, al tiempo que el sol me iba sofocando, a mí, y a otra mucha gente en mis inmediaciones demasiado inmediatas. Y con el arsenal de hormonas en contubernio y a su bola.

Es eso de todos los años por estos días, con su lírica a cuestas y su mitología cuántica y su desesperación incorporada que, ay, es la esencia de ser carne y cerebro limitados y dados al deseo. Pero bien, se acepta. Digamos que todo junto suena a volver a vivir. Porque vuelven las ganas de vivir.

Pero el caso es que tengo esa fea costumbre de abrir la prensa del día y leer, y a veces comentar y darle cancha a ciertas prisas y a la conciencia, y luego ya no sé qué hacer ni dónde meterme cuando siento el calor, y quisiera volver a sentir esos cuerpos que me rodean y pasan a mi lado, cuando además tengo reciente tanto prospecto noticiero que sólo sirve para matar la líbido y llorar. Es entonces cuando me vuelve el conflicto de siempre, porque lo que yo quería, en una tarde como ésta, en realidad era seguir riendo y sintiendo el calor, con todos sus efectos.

Se lo juro. Pero no me miren así.

No me miren así.

jueves, 31 de marzo de 2011

Preparativos para el entierro de la Voluntad



Tengo asuntos pendientes con el Modernismo. Me falta algo que encajar de toda esa literatura con la que empieza el siglo veinte, algo como una parte de materia que rehusa adaptarse al corsé formal con el que siempre se trata de empaquetar y colocar en el estante de una etapa acabada, finiquitada. No me gusta que se finiquite la materia de la historia, y menos de la historia de la literatura. Tampoco acepto que a otros escritores de otros momentos (particularmente hablando de momentos complejos) se les cruce la cara con un aspa hecha de topicazos y anécdotas estúpidas.

Estaba pensando en el fauvismo de ciertos autores modernistas. En su irreverencia y su provocación. También pensaba en su escalofriante conciencia de la soledad.

Crucemos nuestra calle de la Amargura

Sí, pensaba en el hermano que se quedó en la sombra. En Manuel Machado.

Manuel era un triste, como Antonio. Habían estudiado ambos en la Institución Libre de Enseñanza y habían conocido desde muy pronto la Historia, la Filosofía, el Arte, el extraño pugilismo de la tolerancia. Habían aprendido tantas cosas que luego ya no encontraron la manera de negar que Schopenhauer había sido el último pensador lúcido.

Mi Voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna…

También hubo absenta, y noches perdularias, y éter a escondidas, y bacanales. El Modernismo fue el paradigma de las poses contestatarias en las que luego se prodigó el siglo siguiente. Y frivolidad. Hubo tantas cosas, y algunas ridículas. De éstas se nutren los libros que enseñan a nuestros muchachos que el Modernismo fue un movimiento kitsch. Y de paso, que no miren dentro. El paquete está bien cerrado y depositado en su correspondiente casilla del almacén de las etapas finiquitadas. No miren chicos. A otra cosa.

El Modernismo no cabe entre tanta política correcta.

Estaba pensando en mi Voluntad. En mí mismo acostado sobre una cama desde la que veo pasar todos los colores del cielo, y en la que a veces me llegan rumores de países africanos y tierras que tiemblan. O del absurdo que  toma posiciones, y se asume sin sobresaltos como una parte asumible del trabajo de vivir. Todo corre hacia la desesperación, y sin embargo hay felicidad ahí fuera.

He estado pensando en los tristes. Y que mi Voluntad ya casi no tiene fuerzas.

Quiero que ya todo me dé igual. Estoy poniendo en ello lo que queda de mi empeño.

lunes, 14 de marzo de 2011

Profecía de la muerte del Japón

Kanji de dolor


Ocurrió desde millones de años atrás, lo cual es una fecha imprecisa e inexacta. Porque el tiempo no mide la vida de los dioses. Los dioses discutían un día sí y otro también disputándose los territorios de su jurisdicción sin ponerse de acuerdo. El Dios de Abraham polemizaba con vehemencia por hacer valer su ascendiente sobre los kami, pero éstos eran muchos (un número indescifrable y oculto) y lo mareaban con argumentos traviesos, y a veces lo zaherían con puyas insolentes. Ocuparon su lenta existencia en estos debates (porque los dioses no pueden vivir si no sienten que su palabra es incontestable) hasta que un día oyeron que desde la tierra subía un llanto desgarrado que llegaba hasta los cielos. Luego oyeron dos explosiones como nunca antes habían oído (como no fuese antes de haber nacido ellos mismos). Después un silencio espantoso.

Y cuando quisieron mirar hacia abajo, en la tierra ya no había nadie que se pudiese poner en pie para adorarlos. Sólo una nube blanca que crecía sin mesura.

Y todo era como si el sol hubiese abortado, y ya no fuese posible esperar la mañana.

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Este relato ha aparecido recientemente en la antología Hiroshima, Truman (Eds. Irreverentes, 2011). Su sentido, hoy, resulta tan inmediato que estremece. Ayer era un cuento, y hoy parece una profecía.
La literatura anda en otras dimensiones. Las suyas.