domingo, 6 de febrero de 2011
Hoy mi sexto sentido ha descubierto el aura
Voy a puntualizar: he descubierto la frecuencia en que emite el aura. Es que soy técnico, a diferencia de las mujeres, cuyo sexto sentido funciona mejor pero no se entretienen en tecnicismos. Un gran paso para la ciencia, y lo he dado yo solito. Sin embargo, eso fue lo de menos. Comparado con el placer de los días anteriores, el descubrimiento en sí no es gran cosa. Incluso sería capaz de decir que el final del camino decepciona casi siempre. Porque el hallazgo se sabe término. Punto y final. Y nada como haber pasado días y días tras la tentación, en un orgasmo demorado, atizado a todas horas con ese impulso entre infantil y gamberro de disfrutar buscando.
Ahora que lo tengo, pienso que debería comunicarle al mundo que he encontrado algo provechoso para las sociedades futuras, algo que cambiará su forma de juzgar, y que será el comienzo del fin de la hipocresía. El aura nunca engaña. Bien. La primera sugerencia que me hace mi olfato científico se dirige hacia lo filantrópico. Me dice que debería editar mis hallazgos en la wikipedia, con una licencia Creative Commons, que es una práctica comprometida y con visos altermundistas. Pero soy hombre, y mi hemisferio capullo me recuerda lo que todo el mundo sabe: que cuando se aspira a la gloria mundi hay que empeñarse en los métodos tradicionales. Los capitalistas. Son los que acaban llevándote lejos de verdad. Me encamino en esa dirección: el primer nivel es duro, y consiste en dar barrigazos frente a la puerta de la incomprensión, con tozudez de verraco. Dale y dale, hasta que algo ocurra. Hasta que alguien abra y responda. Es preciso porfiar: por ahí el ego crece mejor, vamos, es el único lugar donde crece, y de paso se abre la perspectiva de que también crezca la cuenta corriente, un efecto colateral nada desdeñable. Uno luego empieza a dar conferencias, escribe columnas de opinión, y si tiene dotes telefílicas se puede plantear realizar un programa televisivo en la línea Punset.
La única pega de este camino es que se vuelve farragoso al mismo ritmo que tu nombre va ganando peso en los media. Los detractores se multiplican, los Únicos Poseedores del Conocimiento arrugan el piquito en señal de desaprobación por tu intromisión espuria, y de ahí la llama se extiende a pequeñas fogatas a tu alrededor que reclaman tu atención sofocativa. Y tú, que querías ser conocido como un experto en la visualización y transmisión del aura vía web, te vas convirtiendo en un bombero alocado que gasta su energía y su atención en las docenas de fogatitas que te rodean, y que parece que no, pero queman. Te llaman de emisoras de radios, de televisiones, te piden opiniones escritas para medios en papel y digitales, te proponen charlas on-line con el público lector, se te ofrecen tipos de toda pelambre como posibles candidatos a representante tuyo (y tú no opinas del tema, te quedas mudo porque ni se te había pasado por la cabeza que existiera una especie de origen neanderthal llamada representantes), webs de todo el orbe comentan y destripan tus afirmaciones. Facebook copia las entradas de Twitter que hablan de ti, y los twitters se alimentan de enlaces acortados que te mencionan, enlaces acortados que a su vez son enlaces acortados de otros enlaces acortados, y así hasta el infinito.
Y es así como uno acaba de entender por la vía más corta lo que era realmente la red 2.0: el Laberinto del que quizás ya no logres salir nunca. El Laberinto que será tu casa, para siempre.
Hice un alto ahí. Luego me interrogué a mí mismo, y pensé si merecía la pena este empeño, debatir, ensayar la réplica, recoger los guantes, tantos guantes, qué tristeza de guantes por todas partes. Y todo por defender tu hallazgo sobre el mecanismo del aura, y que sólo tu sexto sentido ha sabido apreciar, un hallazgo sobre el que empiezas a estar menos convencido, porque a raíz de tu descubrimiento resulta que ha aparecido una legión de Expertos en Aura titulados por universidades de Gambia y de Madagascar y del Sur de Amberes, gentes que ya sabían lo que tú has creído una novedad. Entonces, entre debate y debate, te empiezas a obsesionar por una cuestión de matices, y ahí llegas a sentir la pistola rozando la sien. Porque ya nadie habla de matices y tú te agotas explicando que tu hallazgo es un asunto de matices. Pero el mundo ha cambiado tanto a tus espaldas, y nadie te ha avisado de que ahora los matices son fascistas, son anécdotas de huevones, jerga que engulle la nueva era de la información porque no se adapta al nuevo protocolo de la urgencia. Ahora todo es urgencia, ya lo sabrán. Y los matices son reacios a dejarse protocolizar. Por mucho menos se piden dimisiones y se diseñan lápidas con las que finiquitar carreras inteligentes. Matices No. Por la abolición de los matices.
Al final me vi fatigado bajo una losa pesada de estupidez. Es el momento propicio para que te asalte la crisis: uno se plantea para qué se pone a descubrir. O para qué se empeña en crear. Y sobre todo se pregunta qué necesidad tenía de contarle a nadie lo que iba descubriendo o lo que iba creando. Se impone la nueva tarea de ejercitar el silencio en adelante. Y así por ese camino va uno practicando de día en día el arte de callar a tiempo, y a destiempo. Callar, porque sí, y a todas horas. Porque ya hay demasiado ruido y duele la cabeza sólo con lo que dicen los demás.
Uno entonces mira sus papeles sobre la mesa, sus gráficas de representación, sus encontradas partes, su botella de albariño, en fin, y le dice al otro que mira en el espejo que para qué se va a meter a explicarle nada al mundo. Mejor se guarda el descubrimiento para otro día, más adelante, con mejores perspectivas. El futuro siempre está rebosante de mejores perspectivas. Incluso en un alarde de bizarría uno se deja asaltar otra vez por la Humildad, esa llaga ruinosa, que de repente no deja de insistirle con que a lo mejor el descubrimiento maravilloso sobre esa gilipollez del aura en realidad no es nada del otro jueves. Que me debe bastar y sobrar con haberme hecho feliz unos días a mí mismo y en silencio. Y la Humildad habla muy bien. Qué piquito, la Humildad. Ya ni le replico.
He pensado en guardar mis escritos. Hace buen tiempo en febrero para salir a perder el tiempo. Y en la calle hasta alguna gente te sonríe aunque no seas nadie.
Porque no eres nadie. Y eso es más llevadero, dónde va a parar.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Hoy escribía de un escritor que escribía… (pero mi blog no sabe escribir los titulares en círculo)
El caso es que no le importa el griterío de la calle, ni el calor de la habitación. El caso es que ni siquiera le importa haber escuchado otra vez que su nombre anda enmarañado en un hoax que corre por la red (otro, tantos, y por qué ahora lo llaman hoax), ni le importa la incomprensión, ni la fama que ya le van endosando de anticuado, de prescindible, de retranco. El caso es que el escritor pone los dedos sobre el teclado y arranca a escribir otra historia, otra vez. En su narración describe un palacio ancho y frío, atravesado de alfombras como de una carretera que concita a los demonios del voyeurismo, al viaje terco a la caza de las mariposas que tal vez llenan las salas, y que siempre llevarán a otras salas, y a otras, y tal vez a alguna puerta entreabierta donde una prima joven, casi una niña, se quita lentamente una media. Si los espíritus concupiscentes del aire lo quieren. Ojalá sean propicios. En el jardín se ve la nieve cayendo, y aún baña una luz flácida la mesa del gabinete. Sobre la mesa otro escritor toma la pluma y comienza a escribir. Comienza a narrar la historia de una noche terrible en la que los hombres cantan borrachos y las mujeres corren a guarecerse. La única luz en las calles la ponen las teas que portan los soldados, y están nerviosos por las revueltas, por el sudor frío y maloliente del terror que cerca a los reyes. Porque la muerte pisa las esquinas. Corren hacia un lado, y enseguida otro pelotón aparece corriendo en la dirección opuesta. La locura ha vuelto. El orden cruje y está a punto de desmoronarse la fe. Si el ejército anda desnortado es que esa noche correrán ríos de sangre. Un resplandor delata una casa viva en un edificio de dos plantas, pero nadie reparará en ella. A la vela le quedan pocas horas de vida, y parece enferma. Como todo alrededor. Como el hombre que, con el papel bajo el cilindro de cera, escribe la historia de otro hombre. La historia de un hombre que no tiene sueño y mira por la ventana el amanecer. De un hombre que no sabe lo que es el frío, porque vive en una época futura en la que la naturaleza ya no sabe cómo morder al hombre por sorpresa, porque el hombre ya es inmune al frío, y al sueño. Ni casi ya recuerda ese hombre la leve entidad que es un hombre. Y está escribiendo. Para hacerlo, golpea las piezas negras en cuyas caras existen letras, y sigue un ritmo enérgico, como si fuera un pianista, un pianista de las letras. Y lo que escribe lo está viendo en un cuadro, que lee su pensamiento, que descifra la música de las teclas, que baña de luz su cara, que materializa las ideas y les da forma de frases. Un hombre que escribe una historia de un hombre al que no le importa el griterío de la calle, ni el calor.
Y así me he descubierto hoy escribiendo lo de siempre: una historia que es, como todas, un ejercicio de afirmación solipsista.
Y así me he descubierto hoy escribiendo lo de siempre: una historia que es, como todas, un ejercicio de afirmación solipsista.
domingo, 23 de enero de 2011
Hoy comí pollo e hice este razonamiento sobre el ser humano
Fue el pollo. El origen de mi teorema fue el pollo. Me lo quedé mirando en el plato, semioculto por la guarnición y la crema de manzanas, coqueto y sofisticado como sólo sabe serlo un pollo sobre la mesa. Pese al hábito en que se me mostraba no pude por menos que recordarlo en su estado original. Desnudo. En un largo lineal refrigerado y acostado sobre una bandeja de poliespán. En formación disciplinada y marcial, sólo superable por la de un ejército chino.
En ese instante recordé que el pollo, muchos años atrás, era un animal que tenía plumas, se criaba con maíz, y cagaba compulsivamente. Se parecían sospechosamente (pero sólo de lejos) a estos pollos que ahora (todos los sabrán ya) salen de la máquina en bandeja y cubiertos de un film transparente, con glam y discreción, sí, aunque resulte difícil de creer en la síntesis del glam y la discreción. Los pollos lo logran.
Daban mucha más grima los de antes: preproletarios, asindicados y desconocedores del plan Bolonia. El capital los engordaba contra su voluntad, en granjas cerradas donde jamás se ponía el sol, para un día venir por ellos y de una forma nada metafórica, darles la puntilla. Fin del juego. Pensé, arrobado por la inocencia de mi pollo en mi plato, cuántas veces escuché a intelectuales haciendo encendida defensa de la clase trabajadora humana, y de sus derechos y aspiraciones, a la vez que reducían a la nada platos de pollo abundantes, rebosantes, adiposantes. Imaginé luego a todos los intelectuales del mundo, y a quienes escuchaban sus arengas, sentados en filas interminables, en mesas de banquete en línea, de forma paralela a como los pollos del mundo habían sido engordados, y engatusados y entregados a mejor vida, y luego esos pollos llegaban a sus mesas ya doraditos y escoltados de patatas (en sus diversas versiones) y de arroz o manzana o judías o choucroutte, y de salsas, salsa cazadora, tandoori, a la manzana, a la mostaza (con o sin dijon), y luego desaparecían entre las fauces humanas proletarias, entre sus dedos, cuya grasa relamían una y otra vez, es decir, aniquilando en interés propio y nada metafórico lo que en cierta forma era una metáfora ostensible y terrible del propio género humano, y más concretamente, de la clase trabajadora a.k.a. proletaria.
En ese punto de mi razonamiento se desvaneció mi apetito. Pero no por el pollo en cuestión, que era tentador. Ni siquiera en solidaridad con los miles de pollos de los que he dado cuenta en mi ya larga existencia, sino asustado. De mí propio, de ser hombre y de vivir rodeado de hombres que comen pollo en estas circunstancias y todo.
El hombre es un animalillo corto de vista y animoso que mide su acción ética en virtud de unas pocas variables, de entre las que sobresale el interés propio. Dicho de otra forma: el hombre sólo se rebela y actúa cuando el atropello lo sufre en sus mismas carnes, valga la redundancia. Al hombre le importa menos que se coman al de al lado, llámese pollo, cerdo o cabrón. El hombre.
He querido dejar constancia aquí de este razonamiento mío, nacido casi del estupor, por que quedara registrado y público el motivo por el cual llamé al sindicato esa tarde para decirle muchas cosas que yo llevaba tiempo rumiando, y que en un golpe de clarividencia, por fin había sabido plasmar. Y para que mis lectores comprendieran la diferencia entre el mundo tangible y dimensionable frente al mundo metafórico e insoportable. Como era de esperar, los del sindicato no entendieron ni papa. Lo suyo es más la metáfora.
Pero me di de baja.
Desde entonces decidí que comería de todo, y mucho más libre de prejuicios, dónde va a parar.
jueves, 20 de enero de 2011
Hoy me invadió el cónclave de genios
Son las cosas que ocurren a poco que uno se dedica a cuestiones pedestres. En mi casa no entran amigos tostones, ni vecinas que piden huevos, ni testigos de Jehová. Sólo genios, a la que me descuido. La última ocasión se la di ayer, y me dieron zarpazo. Yo regresaba ufano de mi compra de esa tarde, peleándome con el blister a bocado limpio para que saliera de su sitio mi nuevo pen, leía a la vez un folleto de comida hindú y sacaba la llave que no era y me empeñaba en esconder la que sí era, a mi estilo, y así de batracio forcejeé esperando el beso que me devolviese a mi estado primigenio, hasta que me abrió mi mujer. La cordura. En mi boca tenía un pen de 8 Gb y lo escupí para darle las gracias. A mi estilo.
Me señaló con la cabeza hacia el salón y a la vez dibujaba un interrogante con sus cejas que ni siquiera hubiese atinado a descifrar un sabio como Kierkegaard: ¿cuál es mi delito?, entendí en su mirada. No necesité más. En el salón estaban todos otra vez: Sloterdijk, Gilles Deleuze, Italo Calvino, pero también hampones como Easton Ellis que amenazaba con hundirle las costillas a Vicente Luis Mora, él tan comedido en su página 837 de un Pynchon, y todo porque Vicente se había servido la última copa de Armagnac y al tipo se le pasaba el efecto del demerol, y ya en la mesa, unidos todos por el índice sobre un vaso invertido, fumaban como cosacos Alberto Olmos, Félix de Azúa, Fernández Porta, Tabarovski, Hernán Migoya, John Cheever y Rodrigo Fresán. Le pregunté a Houellbecq que por qué se daba una paja leyendo mis libros de Sta. Teresa, en lugar de jugar a la ouija con el resto de sabios, a lo que contestó en francés de Paguí que él no contactaba con más genio que él mismo (de ahí su onanismo) y como mucho con Villiers de l'Isle-Adam, y hoy no daba audiencia. Los demás debatían sobre el fetichismo en la sociedad de consumo, para ello contactaban insiodiosamente a través de la ouija con Adorno y con Habermas, con respecto a este último les hice saber que convenía mejor una llamada a su móvil pero no me daban crédito a pesar de la lucidez de mi consejo, qué se le iba a hacer, yo era un tosco pensador entre la nata del pensamiento y acepté mi papel, con desgana, puesto que la casa la ponía yo, y la cama a veces con pocas contrapartidas, pero ah, me dije, no es de genios ser agradecido. Y era verdad. Iba a aconsejar que hiciesen lo posible por contactar con Bolaño; que si no contestaba, sería por ebriedad manifiesta: que intentaran con Bukovski; de no ser posible por esas sobredosis a la que son afectos los relapsos del más allá, que con Truman Capote; o Warhol, Andy; o Dalí. O. Pero no estaban para escuchar. Tiraban del vaso en una dirección y en otra, al tuntún, particularmente Alberto Olmos y Rodrigo Fresán, ubicados el uno frente al otro, y empeñados en mover los dedos en dirección opuesta a como lo hacía el otro, y así, ya los sabrán, no hay forma de que los espíritus se dejen convocar, como no sean los espíritus bipolares, que haberlos, húbolos, y los habrá siempre, pero no importaban entonces.
Me acosté. No paraba de rascarme a la altura de mis gónadas por un prurito extraño que me inhibí de contarle a mi médico, y que entendí como cierta confluencia cuántica entre mi inteligencia desperdiciada y mi líbido malgastada en los últimos años leyendo libros americanos, alemanes, franceses e italianos, más un opúsculo de cierto autor armenio que me dio la puntilla. Estaba mareado y dormí a pierna suelta. Sabía de manera diáfana que el único objeto que perseguían viniendo a mi casa era hacerme sentir un perfecto cebollo.
Y es así cuando duermo. Pero duermo a pierna suelta.
Todavía me estaba rascando cuando oí a mi mujer amenazar a la jauría intelectual con ponerlos de patitas en la calle si no se repartían con ecuanimidad el polen y dejaban de mentarse las respectivas.
La última frase, ni la oí. Fue entrar en el sueño y esfumarse todos a una.
Me señaló con la cabeza hacia el salón y a la vez dibujaba un interrogante con sus cejas que ni siquiera hubiese atinado a descifrar un sabio como Kierkegaard: ¿cuál es mi delito?, entendí en su mirada. No necesité más. En el salón estaban todos otra vez: Sloterdijk, Gilles Deleuze, Italo Calvino, pero también hampones como Easton Ellis que amenazaba con hundirle las costillas a Vicente Luis Mora, él tan comedido en su página 837 de un Pynchon, y todo porque Vicente se había servido la última copa de Armagnac y al tipo se le pasaba el efecto del demerol, y ya en la mesa, unidos todos por el índice sobre un vaso invertido, fumaban como cosacos Alberto Olmos, Félix de Azúa, Fernández Porta, Tabarovski, Hernán Migoya, John Cheever y Rodrigo Fresán. Le pregunté a Houellbecq que por qué se daba una paja leyendo mis libros de Sta. Teresa, en lugar de jugar a la ouija con el resto de sabios, a lo que contestó en francés de Paguí que él no contactaba con más genio que él mismo (de ahí su onanismo) y como mucho con Villiers de l'Isle-Adam, y hoy no daba audiencia. Los demás debatían sobre el fetichismo en la sociedad de consumo, para ello contactaban insiodiosamente a través de la ouija con Adorno y con Habermas, con respecto a este último les hice saber que convenía mejor una llamada a su móvil pero no me daban crédito a pesar de la lucidez de mi consejo, qué se le iba a hacer, yo era un tosco pensador entre la nata del pensamiento y acepté mi papel, con desgana, puesto que la casa la ponía yo, y la cama a veces con pocas contrapartidas, pero ah, me dije, no es de genios ser agradecido. Y era verdad. Iba a aconsejar que hiciesen lo posible por contactar con Bolaño; que si no contestaba, sería por ebriedad manifiesta: que intentaran con Bukovski; de no ser posible por esas sobredosis a la que son afectos los relapsos del más allá, que con Truman Capote; o Warhol, Andy; o Dalí. O. Pero no estaban para escuchar. Tiraban del vaso en una dirección y en otra, al tuntún, particularmente Alberto Olmos y Rodrigo Fresán, ubicados el uno frente al otro, y empeñados en mover los dedos en dirección opuesta a como lo hacía el otro, y así, ya los sabrán, no hay forma de que los espíritus se dejen convocar, como no sean los espíritus bipolares, que haberlos, húbolos, y los habrá siempre, pero no importaban entonces.
Me acosté. No paraba de rascarme a la altura de mis gónadas por un prurito extraño que me inhibí de contarle a mi médico, y que entendí como cierta confluencia cuántica entre mi inteligencia desperdiciada y mi líbido malgastada en los últimos años leyendo libros americanos, alemanes, franceses e italianos, más un opúsculo de cierto autor armenio que me dio la puntilla. Estaba mareado y dormí a pierna suelta. Sabía de manera diáfana que el único objeto que perseguían viniendo a mi casa era hacerme sentir un perfecto cebollo.
Y es así cuando duermo. Pero duermo a pierna suelta.
Todavía me estaba rascando cuando oí a mi mujer amenazar a la jauría intelectual con ponerlos de patitas en la calle si no se repartían con ecuanimidad el polen y dejaban de mentarse las respectivas.
La última frase, ni la oí. Fue entrar en el sueño y esfumarse todos a una.
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sábado, 15 de enero de 2011
Hoy diez me poseyeron en la ducha
Una detrás de otra. Lo sé aunque no había luz en ese momento. Y sé que estaba en mis cabales porque en ese instante hablaba nada menos que con Claudio López de Lamadrid, a quien yo trataba de convencer de que no se había equivocado de número, que no, y él insistía en que había llamado a Ellis, Bret Easton, a Los Ángeles, pero las interferencias se confabulaban en su contra, al parecer, y no había manera de acabar con la confusión.
Las interferencias, como siempre. Últimamente todo anda desmañado en el mundo, incluso en mis tuberías. Yo, la verdad, le había dado al grifo del vino caliente cuando me salió la voz de Claudio en el teléfono de la ducha, pero me dije es tu oportunidad, chaval. El destino es de los valientes, háblale en inglés y cuélale el embuste. Así lo hice durante un largo rato, en una conversación de compadreo intelectual que rayó a gran nivel pese a que yo no estaba en mi mejor momento, hasta que nos asaltaron, a él las dudas, y a mí las interferencias.
Me suele ocurrir. En los momentos favorables siempre hay un mal que conspira contra mí, para echarle cerrojazo a mi moral. Esta vez fueron ellas: las vi salir del teléfono de la ducha, una tras otra, espléndidas, de cuerpos turgentes y casi traslúcidas contoneándose entre el vapor. Dieron conmigo en el suelo de la bañera. Después se apagó la luz. Y una tras otra fueron poseyendo mi cuerpo extasiado. Perdí el sentido, dejéme llevar y olvidéme de mí. También del grifo, y de mis ínfulas, y de todos cuantos editores he deseado en esta vida.
He despertado mucho después, y claro, Claudio había colgado el teléfono. El agua seguía corriendo sobre mí, pero ellas ya no estaban. Sólo quedaba un leve hálito de vodka flotando en el aire y en el interior de mi boca.
Y yo nunca bebo vodka.
Estoy feliz, sin embargo, con mi experiencia literaria: a Maupassant los muebles se le fueron de casa sin permiso; al pibe Cortázar fuerzas ignotas consiguieron echarlo fuera de su propio hogar. A mí ya nadie me hace caso, es verdad, ni mis grifos.
Pero hay tanto placer en estos episodios literarios… Aunque confirmen sólo eso, que soy un triunfador del sexo acuático y que mis únicas lectoras son las que aparecen desnudas y bebiendo vodka en mis horas más bajas.
El mundo va a su bola, sí.
Las interferencias, como siempre. Últimamente todo anda desmañado en el mundo, incluso en mis tuberías. Yo, la verdad, le había dado al grifo del vino caliente cuando me salió la voz de Claudio en el teléfono de la ducha, pero me dije es tu oportunidad, chaval. El destino es de los valientes, háblale en inglés y cuélale el embuste. Así lo hice durante un largo rato, en una conversación de compadreo intelectual que rayó a gran nivel pese a que yo no estaba en mi mejor momento, hasta que nos asaltaron, a él las dudas, y a mí las interferencias.
Me suele ocurrir. En los momentos favorables siempre hay un mal que conspira contra mí, para echarle cerrojazo a mi moral. Esta vez fueron ellas: las vi salir del teléfono de la ducha, una tras otra, espléndidas, de cuerpos turgentes y casi traslúcidas contoneándose entre el vapor. Dieron conmigo en el suelo de la bañera. Después se apagó la luz. Y una tras otra fueron poseyendo mi cuerpo extasiado. Perdí el sentido, dejéme llevar y olvidéme de mí. También del grifo, y de mis ínfulas, y de todos cuantos editores he deseado en esta vida.
He despertado mucho después, y claro, Claudio había colgado el teléfono. El agua seguía corriendo sobre mí, pero ellas ya no estaban. Sólo quedaba un leve hálito de vodka flotando en el aire y en el interior de mi boca.
Y yo nunca bebo vodka.
Estoy feliz, sin embargo, con mi experiencia literaria: a Maupassant los muebles se le fueron de casa sin permiso; al pibe Cortázar fuerzas ignotas consiguieron echarlo fuera de su propio hogar. A mí ya nadie me hace caso, es verdad, ni mis grifos.
Pero hay tanto placer en estos episodios literarios… Aunque confirmen sólo eso, que soy un triunfador del sexo acuático y que mis únicas lectoras son las que aparecen desnudas y bebiendo vodka en mis horas más bajas.
El mundo va a su bola, sí.
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