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jueves, 20 de enero de 2011

Hoy me invadió el cónclave de genios

Son las cosas que ocurren a poco que uno se dedica a cuestiones pedestres. En mi casa no entran amigos tostones, ni vecinas que piden huevos, ni testigos de Jehová. Sólo genios, a la que me descuido. La última ocasión se la di ayer, y me dieron zarpazo. Yo regresaba ufano de mi compra de esa tarde, peleándome con el blister a bocado limpio para que saliera de su sitio mi nuevo pen, leía a la vez un folleto de comida hindú y sacaba la llave que no era y me empeñaba en esconder la que sí era, a mi estilo, y así de batracio forcejeé esperando el beso que me devolviese a mi estado primigenio, hasta que me abrió mi mujer. La cordura. En mi boca tenía un pen de 8 Gb y lo escupí para darle las gracias. A mi estilo.

Me señaló con la cabeza hacia el salón y a la vez dibujaba un interrogante con sus cejas que ni siquiera hubiese atinado a descifrar un sabio como Kierkegaard: ¿cuál es mi delito?, entendí en su mirada. No necesité más. En el salón estaban todos otra vez: Sloterdijk, Gilles Deleuze, Italo Calvino, pero también hampones como Easton Ellis que amenazaba con hundirle las costillas a Vicente Luis Mora, él tan comedido en su página 837 de un Pynchon, y todo porque Vicente se había servido la última copa de Armagnac y al tipo se le pasaba el efecto del demerol, y ya en la mesa, unidos todos por el índice sobre un vaso invertido, fumaban como cosacos Alberto Olmos, Félix de Azúa, Fernández Porta, Tabarovski, Hernán Migoya, John Cheever y Rodrigo Fresán. Le pregunté a Houellbecq que por qué se daba una paja leyendo mis libros de Sta. Teresa, en lugar de jugar a la ouija con el resto de sabios, a lo que contestó en francés de Paguí que él no contactaba con más genio que él mismo (de ahí su onanismo) y como mucho con Villiers de l'Isle-Adam, y hoy no daba audiencia. Los demás debatían sobre el fetichismo en la sociedad de consumo, para ello contactaban insiodiosamente a través de la ouija con Adorno y con Habermas, con respecto a este último les hice saber que convenía mejor una llamada a su móvil pero no me daban crédito a pesar de la lucidez de mi consejo, qué se le iba a hacer, yo era un tosco pensador entre la nata del pensamiento y acepté mi papel, con desgana, puesto que la casa la ponía yo, y la cama a veces con pocas contrapartidas, pero ah, me dije, no es de genios ser agradecido. Y era verdad. Iba a aconsejar que hiciesen lo posible por contactar con Bolaño; que si no contestaba, sería por ebriedad manifiesta: que intentaran con Bukovski; de no ser posible por esas sobredosis a la que son afectos los relapsos del más allá, que con Truman Capote; o Warhol, Andy; o Dalí. O. Pero no estaban para escuchar. Tiraban del vaso en una dirección y en otra, al tuntún, particularmente Alberto Olmos y Rodrigo Fresán, ubicados el uno frente al otro, y empeñados en mover los dedos en dirección opuesta a como lo hacía el otro, y así, ya los sabrán, no hay forma de que los espíritus se dejen convocar, como no sean los espíritus bipolares, que haberlos, húbolos, y los habrá siempre, pero no importaban entonces.

Me acosté. No paraba de rascarme a la altura de mis gónadas por un prurito extraño que me inhibí de contarle a mi médico, y que entendí como cierta confluencia cuántica entre mi inteligencia desperdiciada y mi líbido malgastada en los últimos años leyendo libros americanos, alemanes, franceses e italianos, más un opúsculo de cierto autor armenio que me dio la puntilla. Estaba mareado y dormí a pierna suelta. Sabía de manera diáfana que el único objeto que perseguían viniendo a mi casa era hacerme sentir un perfecto cebollo.

Y es así cuando duermo. Pero duermo a pierna suelta.

Todavía me estaba rascando cuando oí a mi mujer amenazar a la jauría intelectual con ponerlos de patitas en la calle si no se repartían con ecuanimidad el polen y dejaban de mentarse las respectivas.

La última frase, ni la oí. Fue entrar en el sueño y esfumarse todos a una.