viernes, 13 de mayo de 2011

Tres libros (a petición de Radio Exterior)

Es verdad que usted puede leer novela, ensayo… incluso poesía sin que eso haga mella en su condición de buen ciudadano, o ciudadana. Hay un tipo de libros que no le incomodarán ahora que usted ha dejado de fumar, paga unas facturas de espanto por el uso de internet, le da por toser cuando aparecen en la tele algunas escenas subidas de tono y aprieta siempre el tubo del dentífrico desde abajo.

Es usted una persona modélica y vivirá sin sobresaltos, aunque pobre.

Pero en el Periódico Irreverentes les aseguramos cualquier cosa, excepto ese aburrimiento mortal en que tanta gente ha decidido instalarse. Y le recomendamos por eso que pruebe a pasarse con nosotros al lado oscuro...  



Tal vez no haya reparado en que los libros provocadores comienzan en las portadas. Le aconsejamos que busque un libro negro, sobre el que anda un escarabajo cubierto de ágatas que devora palabras: verá que se titula "Microantología del Microrrelato II, y es de ediciones irreverentes". Ése el licor prohibido: tómelo con cuidado: se esconde allí dentro demasiada gente lista de medio mundo: Ignacio del Moral, Alonso de Santos, Joaquín Leguina, María Zaragoza, el peruano Fernando Morote, el venezolano Juan Martins, y otros ya difuntos, como Rubén Darío, como Ricardo Güiraldes.

Pruébenlo:  verán aquí fotógrafos torpes en Navidad, ángeles que mueren de frío, tías de otra época que ponían firmes a los curas, hombres de pecadillos contra natura jugando a reinterpretar a Mozart, mujeres vestidas de mamarrachos por las calles libres de una gran ciudad. Un tanto de lágrima, y otro tanto para reír. Porque usted será una persona modélica, pero aún siente un pálpito ahí dentro. Opino.

(…)

Javier Calvo camina desde hace tiempo sobre tierras oscuras. Espiritualmente, pero en oscuro. En su último viaje literario ha recalado en Suomenlinna. Tomen nota: Suomenlinna, en la editorial Alpha Decay. Hay mucha oscuridad en Alpha Decay: toda buena. Apetecible.

En Suomenlinna encontrarán tierras brumosas en el círculo polar, un grupo patético de adolescentes, y mucho black metal. En el aire Odín enciende el fuego de su culto, y la condena de los herejes, y en la tierra esos muchachos sin norte (fíjense: y en Finlandia) se deciden a ser los guerreros de los dioses olvidados. Hay mucho más ahí: hay frío, y hay una existencia fría entre seres fríos. Hay frustración. Hay una película titulada The Wicker man que enciende cada página del libro, y lo multiplica. Hay algo de Mirkka Rislakki que acaba untando las manos con las que sostenemos el libro.
Hum: Suomenlinna…

(…)

y tres: el lado oscuro está lleno de carcajadas. Particularmente si leen a José Luis Alonso de Santos. Reeditada ahora por ediciones Irreverentes aparece "fuera de quicio". Fuera de quicio es teatro. Y teatro para ser leído, ahora que ya no hay gobierno ni ayuntamiento que pague a los actores las facturas que les deben. Ah, pero ahí está el libro para echar fuera de quicio cuanta rémora ha puesto sobre nuestras cabecitas honradas este mundo perfecto a la medida de bancos y palabreros y prometedores de paraísos y de paces interiores. Fuera de quicio es el disparate, y la risa buena, la que pone en la picota los principios benditos que usted, y yo, y cualquiera que tenga la tentación de vivir como un ciudadano modélico jamás se atrevería a poner en entredicho.

Pero ¿qué es la literatura, si no? Lean Fuera de quicio: un manicomio donde sólo los locos mantienen la compostura, donde los que gobiernan asesinan y cultivan el espionaje, donde las monjas trapichean con droga, y en fin, no hay verdad en la que creer a menos que uno haya perdido la cabeza, y por supuesto la única forma de supervivencia es haber perdido la cabeza. Si el protagonista al final saltara desde la ventana al cielo de la Rayuela, por fin habríamos cerrado el círculo de la literatura de ambos lados del océano.

Tres libros que les recomendamos. Tal vez luego dejen de ser ciudadanos ejemplares, y vuelvan a fumar, y tal vez incluso incurran en el delito imperdonable de no pagarle las letras al banco.

Pero tranquilos: para entonces la vida habrá pasado, y una vez más la literatura les habrá enseñado a vivir. Plenamente. Es lo que encontrarán en este lado oscuro.

Yo simplemente, se lo advertí.

miércoles, 13 de abril de 2011

Este calor, y Hedwig y Wilde y Jorge Carrión... y esos cuerpos que retornan



Tiene que haber sido este calor. Un día salgo a la calle y súbitamente encuentro que los cuerpos han vuelto a su territorio. La vida, ese pálpito. Esa tentación de reír y de acariciar y de cantar un rock ochentero o algo más expuesto aún. El ojo, el tacto, el olfato y el gusto esperando oír algo que complete el cuadro de la primavera, pero algo de carga humana, algo menos bucólico que un trino de pajarillos, algo más voltaico. La sensualidad  acezante, ah...

Tiene que haber sido este calor llegado a traición. No puede haber sido tan sólo porque la semana pasada lo pasé en grande con esa cinta de John Cameron Mitchell travestido en Hedwig and the angry inch, que es la alegría de vivir, y un disparate de empezar a reír y no parar. No creo que fuese tampoco por esa efusión de textos que son cuerpos en sí, o viceversa, y que en un descuido me dejé inocular por Jorge Carrión al hilo de uno de sus últimos posts, un estallido de textos y citas y películas y ensayos que lo dejan a uno en estado de zozobra y como predispuesto a que el espectáculo de la calle con este calor tome la forma de otra gloriosa experiencia del abismo. Hum… y apetecible. Pero ni siquiera puedo creer que tuviese mucho que ver en mi descomposición sensual de los últimos días el hecho de que acabo de revisitar al Wilde desbraguetado de El retrato de Dorian Gray. Fíjense, y sin programarlo: tres piezas de travestismo y rollo gay en un solo pack semanal. Pero no creo que sólo la lectura o el cine hayan servido para tanto.

Ha tenido que ser una conjunción de los astros primaverales, que son así de canallas. Bueno, y al final vamos a tener que asumir que un poco también será culpa de éstos que sin quererlo (yo) me envenenaron las tardes, al tiempo que el sol me iba sofocando, a mí, y a otra mucha gente en mis inmediaciones demasiado inmediatas. Y con el arsenal de hormonas en contubernio y a su bola.

Es eso de todos los años por estos días, con su lírica a cuestas y su mitología cuántica y su desesperación incorporada que, ay, es la esencia de ser carne y cerebro limitados y dados al deseo. Pero bien, se acepta. Digamos que todo junto suena a volver a vivir. Porque vuelven las ganas de vivir.

Pero el caso es que tengo esa fea costumbre de abrir la prensa del día y leer, y a veces comentar y darle cancha a ciertas prisas y a la conciencia, y luego ya no sé qué hacer ni dónde meterme cuando siento el calor, y quisiera volver a sentir esos cuerpos que me rodean y pasan a mi lado, cuando además tengo reciente tanto prospecto noticiero que sólo sirve para matar la líbido y llorar. Es entonces cuando me vuelve el conflicto de siempre, porque lo que yo quería, en una tarde como ésta, en realidad era seguir riendo y sintiendo el calor, con todos sus efectos.

Se lo juro. Pero no me miren así.

No me miren así.

jueves, 31 de marzo de 2011

Preparativos para el entierro de la Voluntad



Tengo asuntos pendientes con el Modernismo. Me falta algo que encajar de toda esa literatura con la que empieza el siglo veinte, algo como una parte de materia que rehusa adaptarse al corsé formal con el que siempre se trata de empaquetar y colocar en el estante de una etapa acabada, finiquitada. No me gusta que se finiquite la materia de la historia, y menos de la historia de la literatura. Tampoco acepto que a otros escritores de otros momentos (particularmente hablando de momentos complejos) se les cruce la cara con un aspa hecha de topicazos y anécdotas estúpidas.

Estaba pensando en el fauvismo de ciertos autores modernistas. En su irreverencia y su provocación. También pensaba en su escalofriante conciencia de la soledad.

Crucemos nuestra calle de la Amargura

Sí, pensaba en el hermano que se quedó en la sombra. En Manuel Machado.

Manuel era un triste, como Antonio. Habían estudiado ambos en la Institución Libre de Enseñanza y habían conocido desde muy pronto la Historia, la Filosofía, el Arte, el extraño pugilismo de la tolerancia. Habían aprendido tantas cosas que luego ya no encontraron la manera de negar que Schopenhauer había sido el último pensador lúcido.

Mi Voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna…

También hubo absenta, y noches perdularias, y éter a escondidas, y bacanales. El Modernismo fue el paradigma de las poses contestatarias en las que luego se prodigó el siglo siguiente. Y frivolidad. Hubo tantas cosas, y algunas ridículas. De éstas se nutren los libros que enseñan a nuestros muchachos que el Modernismo fue un movimiento kitsch. Y de paso, que no miren dentro. El paquete está bien cerrado y depositado en su correspondiente casilla del almacén de las etapas finiquitadas. No miren chicos. A otra cosa.

El Modernismo no cabe entre tanta política correcta.

Estaba pensando en mi Voluntad. En mí mismo acostado sobre una cama desde la que veo pasar todos los colores del cielo, y en la que a veces me llegan rumores de países africanos y tierras que tiemblan. O del absurdo que  toma posiciones, y se asume sin sobresaltos como una parte asumible del trabajo de vivir. Todo corre hacia la desesperación, y sin embargo hay felicidad ahí fuera.

He estado pensando en los tristes. Y que mi Voluntad ya casi no tiene fuerzas.

Quiero que ya todo me dé igual. Estoy poniendo en ello lo que queda de mi empeño.

lunes, 14 de marzo de 2011

Profecía de la muerte del Japón

Kanji de dolor


Ocurrió desde millones de años atrás, lo cual es una fecha imprecisa e inexacta. Porque el tiempo no mide la vida de los dioses. Los dioses discutían un día sí y otro también disputándose los territorios de su jurisdicción sin ponerse de acuerdo. El Dios de Abraham polemizaba con vehemencia por hacer valer su ascendiente sobre los kami, pero éstos eran muchos (un número indescifrable y oculto) y lo mareaban con argumentos traviesos, y a veces lo zaherían con puyas insolentes. Ocuparon su lenta existencia en estos debates (porque los dioses no pueden vivir si no sienten que su palabra es incontestable) hasta que un día oyeron que desde la tierra subía un llanto desgarrado que llegaba hasta los cielos. Luego oyeron dos explosiones como nunca antes habían oído (como no fuese antes de haber nacido ellos mismos). Después un silencio espantoso.

Y cuando quisieron mirar hacia abajo, en la tierra ya no había nadie que se pudiese poner en pie para adorarlos. Sólo una nube blanca que crecía sin mesura.

Y todo era como si el sol hubiese abortado, y ya no fuese posible esperar la mañana.

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Este relato ha aparecido recientemente en la antología Hiroshima, Truman (Eds. Irreverentes, 2011). Su sentido, hoy, resulta tan inmediato que estremece. Ayer era un cuento, y hoy parece una profecía.
La literatura anda en otras dimensiones. Las suyas.

sábado, 5 de marzo de 2011

Retrato sobre asfalto con ruido a lo lejos

"Sucesivamente fui alcohólico, misántropo y misógino, masoquista, ambiguo, excesivo, lacónico, huraño, neurótico, astuto y torvo. Fui un amante perverso de cientos de mujeres. Fui traidor de los que me auparon al éxito. Fui un intelectual de la nueva economía, y fui un inversor engolosinado con gadgets empresariales que acababan en fiasco. Tuve una vida de homosexualidad reprimida, y una infancia escabrosa que la explicaba. Tuve un affaire con la camorra napolitana. Tuve intención de matar a un adversario. Quemé todo un verano en una clínica suiza para superar una crisis depresiva. Intenté suicidarme en cuatro o cinco ocasiones. No hubo nada en mi leyenda escrita que no hubiese estado antes en la mente de Guillermo Establier. O en su cámara.
De todo lo que se publicó entonces sólo fue verdad una cosa: que ardí en deseos de matar a un hombre. A mi demonio, por supuesto. No me quedó más remedio, si es que quería cumplir mis deseos, que terminar convirtiéndome en su amigo.  Lo invité a la cafetería. Le juré que después de un arábica de Kenya la vida volvía a su estado primigenio, que era como renacer en el Edén, y que proseguiríamos la velada en uno de mis apartamentos, pero el café era impostergable. Le prometí una tarde entera posando para él. Accedió, pero  hizo oídos sordos a mi cursilada del café y pidió para acompañarse una copa de Bombay, sin hielo, no ofenda, le aclaró al camarero".