viernes, 14 de octubre de 2011

Eleanora ve la luz*


Eleanora recuerda ahora que al final de aquella tarde la decisión de marcharse ya estaba tomada. Lo recuerda ahora que, en tantos aspectos, ella es otra. No sabe decir en qué momento exacto su mundo tangible se cobra otras claves. Haciendo memoria puede verse a la salida de misa de tarde, en el jardín. Está sola y es de noche. Sobre su cabeza hay un mar de estrellas que le enseñan el pasado, en abismo. Pero el mar es un pequeño cuadro que limitan la barda y el edificio que es el internado. Un trampantojo, piensa. El mar de estrellas es inmenso, y rodea la tierra como una boca interminable, pero yo, desde aquí, solo veo un cuadro. Un cuadro minúsculo. Mi familia es otro trampantojo. Las monjas, el internado, me dejan ver un cuadro muy pequeño, que simula englobarlo todo. Vivo en un hermoso trampantojo.
Salir del trampantojo.



lunes, 10 de octubre de 2011

Protocolo para desconcertar a la Inevitable



Prospecto I
Es fantástico probarlo por primera vez. Luego uno ya no sabe parar. Aunque lleva tiempo aprender la técnica y adaptarse a las sucesivas sensaciones nuevas para las que uno no siempre está preparado. 
Hay que intentarlo, no obstante. La primera vez duele arrancarse la personalidad, no tanto por los principios, el archivo de la memoria y todo ese fardo pesado de las experiencias sustanciales, sino sobre todo porque arrancarse la piel y los órganos son un acto poco estético. Por eso digo que la primera vez es siempre la peor, pero todo es cuestión de cogerle maña. Luego uno no sabe parar: yo mismo he sido misionero entre guaraníes, y antes fui rey negro de poderosos atributos, y luego fui esquimal que vivió mañanas y noches de seis meses, y fui monje en una pagoda, y fui una médium inglesa, y fui un ostrogodo sanguinario, y fui un revolucionario en la Rusia de 1917, y fui madre de una prole huichola, y fui un pastor bereber, y fui el judío que sostuvo en alto el brazo de Moisés, y fui también un ánade salvaje, y una avispa, y una flor de loto, y un virus del cólera, y un colibrí, y una raíz de mandioca, entre otras muchas encarnaciones.
Las serpientes que cambian de piel cada año son el mejor ejemplo de que esta forma de evasión asclepiana es posible. No presenta efectos secundarios. 
Una sola advertencia: hay que estar dispuesto a que siempre lo tengan a uno en el punto de mira. La masa no es comprensiva con estos excesos de originalidad. Y la originalidad es nuestra única salvación, ya lo ven.

Prospecto II
La gente se asusta durante los velatorios. El método provoca ruidos extraños, y al principio se sonríen (creen que el responsable siempre es el individuo que se sienta enfrente), luego se muestran incómodos, y al final son las mujeres las que acaban por organizarse para tratar de buscar una solución. A partir de ese momento la situación puede tomar rumbos inesperados: las mujeres buscan entre las ropas de la difunta, bajo la tapa de madera, no es extraño que acaben incluso por soltarle el pelo (lo que genera una escena erótica que siempre obliga a tapar la imaginación de los hombres) o por desnudarla de arriba abajo (para lo cual se vacía la sala previamente de pensamientos deshonestos). El resultado final es siempre el mismo: desesperados por no encontrar el origen de los ruidos extraños, los presentes se miran a la cara y llegan al acuerdo tácito de seguir adelante con las honras fúnebres más hermosas, que es lo único queda frente al terrible dispendio que acaba de hacer la vida.
Luego del entierro se extiende por la comarca una leyenda de lascivia y eso atrae amores desenfrenados durante unas semanas. El proceso es éste: los visitantes de las tumbas aledañas creen oír ruidos extraños, y algunos llegan a aventurar que de fondo oyen también gemidos. Gemidos de placer, dicen los más imaginativos. Luego se corre la fama y durante el tiempo que dura ese fenómeno la tumba está habitada casi todo el día. La compañía alegra tanto a la difunta que se mantiene incorrupta todo ese tiempo. Y feliz.
El tiempo estimado del fenómeno es: hasta que se le acaban las pilas al dildo.

Prospecto III
Si no quiere que la Inevitable incluya su nombre en la nómina de sus conquistas, lo que no debe hacer es morirse. Nunca, ni siquiera por desliz. Y, caso de que no vea cómo escaparse de este mundo sin pasar por el trance, márchese sin comunicárselo a nadie.
Cierto. Usted está pensando correctamente: eso no lo inmuniza frente a su obligación de abandonar este mundo. La culpa es suya (siempre, la culpa, siempre suya, la culpa) por no haber sabido reaccionar a tiempo, uno tiene que estar ojo avizor  frente a esos contratiempos, y no descuidarse nunca. Pero ya que está en el caso y la va a palmar, lo mejor que puede hacer es mantenerse lejos de sus familiares y amigos, tenerlos en la ignorancia supina de lo que usted está a punto de pasar. Luego correrán los años, y sus compañeros de colegio sufrirán paros cardíacos, cánceres, accidentes de tráfico, hidropesías, enfisemas, y gonorreas incurables, y lo recordarán en esos momentos con envidia, con un rencor galvánico, porque usted seguirá vivo en algún lugar, adonde se habrá marchado para no tener que preocuparse de visitar a sus amigos en la decrepitud.
La memoria de los que se marcharon se irá desvaneciendo, y usted seguirá sin aparecer en la lista de la Inevitable, un hecho cada vez menos capaz de inquietarle, porque siempre se llega al momento en que desaparecen aquellas últimas neuronas que se entretenían con el nombre de usted. Ése es el fin del peligro.
Ahora puede correr a sus anchas, saltar y disparar con tirachinas a los vidrios de las casas vecinas, como cuando era un mozalbete. Podrá reírse del resto de los mortales, y gastar el tiempo que le plazca en repasar la vida de los que lo rodearon durante tantos años. Usted vivirá así, sin inquietudes, por los siglos de los siglos. Porque nunca morirá.
Es cuestión de aclimatarse entonces. Lo demás es un efecto de la sociedad de la información, en la que usted, por suerte, ha vivido todo este tiempo.

Publicado originalmente en Microantología del microrrelato II, Eds. Irreverentes

lunes, 19 de septiembre de 2011

Palermitana



Yo no tenía intención de comprar nada en ese momento; la familia quería un detalle sencillo, algo que poder llevarse en lote y por poco precio para repartir entre los amigos; la señora quería venderle a la familia un buen lote, y a mí algo caro; yo solo quería saber por dónde podría empezar el paseo sin perderme nada importante. A la puerta de la tienda, sin ir más lejos, una iglesia barroca, envejecida a la palermitana, intentaba amilanarme con un mirar chulesco, y eso siempre es una provocación. La guía que llevaba entre manos ni me la mencionaba.
La señora con un gesto esquivo me dio a entender que me sacaría de dudas, pero que no tuviera prisa. Lo primero era la venta. Y la familia sin decidirse. Me dijo el precio de una trinacria sin que se lo preguntara, y el de un puppo, no sé cuál, a lo mejor el de Angélica. Alguien cogió una camiseta, y un plato decorativo con todas las imágenes de toda Sicilia que resultaban el digest perfecto para los que nunca van a ir a Sicilia. Tenían que mirar bien, insistía la mujer: había banderas del equipo de fútbol, flores de felpa, carros tradicionales, figurillas del padre Pío. Su escote también parecía obsequioso. Pero lo primero era la venta.
¿Ha visto el teatro Politeama? ¿El teatro que dice es el de aquí atrás?, le respondí. Alguien de la familia iba sacando monedas y algún billete para salir pitando, porque el resto de la tropa se había salido y ya andaba calle abajo. La señora me dirigió una mirada pícara, y volvió los ojos al dinero. Ya no se hablaba, quería decir, no mientras en medio anduviera el asunto de la pasta. El teatro Politeama está cerca de aquí, pero tienen que ir un poco hacia atrás, en dirección contraria al centro. El teatro grande que han visto al aparcar es el teatro Massimo. Y cuando salgan de aquí, si giran a la derecha, estarán ya en dirección a la zona monumental, dijo. Pero lo dijo cuando ya el dinero estaba de su parte.
Aún volvió a mirarme otra vez como si esperara confirmación de que había procesado bien la explicación en italiano, pero su cabeza estaba en otro lado. Con el dinero en la mano se tocó la frente, y los pechos, y luego a ambos lados, y entornó los ojos con una sonrisa complaciente.
Ante la perspectiva de una buena venta, el escote ni se lo hubiera planteado. 



miércoles, 31 de agosto de 2011

El apéndice inútil



Ni para la familia. Ni en el amor. No sirve aunque nos empecinamos en usarla, tiene romos los filos, lo sabemos, pero seguimos empeñados en echar mano de ella. Tampoco sirve en el trabajo. Ni siquiera en un entretenimiento tan contingente como las conversaciones de barra de bar. Ni para las disculpas. La bofetada, el gesto airado, una bala son mucho más definitorias.
La lengua no sirve.
Después de treinta y pico años integrado en un mundo feliz de palabras esponjosas, ahora entiendo que ellas también eran aire, sobre todo. Que se ha tejido una obra deliciosa de declaraciones y organismos y derechos que dicen libertad, pero querían decirnos pobres imbéciles. Dame el voto, y piérdete. No te rebeles, o serás el enemigo.
Enseño lengua a diario, y no hago más que contribuir a que la Gran Mentira se asegure una larga vida. Esa es la cinta de Moebius en la que se desliza mi vida, y no sé romperla. Porque no hay nada que enseñar, no hay nada que creer. 
La lengua no sirve.

No sirve.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Mecánicas de retorno


Puede que estemos diseñados mejor para abrir caminos, comenzar proyectos,  tomar la maleta y subir al tren. Somos capaces de hacerlo con el mejor de los ánimos. He empezado a entender a ese tipo de gente que hasta ahora me irritaba, la que responde al tipo de emprendedores-hacia-el-cero, que tanto abunda. Lo conocen sin duda, ese amigo que cada vez que encuentras tiene un plan nuevo por el que jura que va a dar la vida, hasta que llega el nuevo plan que deja al otro en vía muerta. Y así pasan la vida. Pero es que lo otro, hacer el camino, llegar al final, sentir la aniquilación en un microsegundo y luego tener que retornar a la rutina, a esa insípida forma de dejarse arrastrar, es un trago angustioso.
Alí era el chico que atendía la casa. Acudía enseguida al estertor de los habitantes de la casa al levantarse, en cuanto detectaba movimiento. Acudía a estar, simplemente. No echaba una mano, no ofrecía ideas. Acudía a no estar solo. A asegurarse de que al otro lado de su sonrisa hubiera un saludo, una evidencia de pequeña comprensión. Luego del desayuno me marchaba de la casa con mi gente, a hacer fotos y comprar las fruslerías de un turista que empezó el viaje con toda la animosidad, y el plan sobrecargado de trazos en el mapa. A la noche seguía ahí. Hasta que dejaba de oírnos. Y a la mañana siguiente, cuando todo volvía a comenzar de la misma forma, ahí estaba otra vez. Alí. El muchacho que no conocía el placer de comenzar proyectos.
Volví hace unos días. Volver es terrible. Acabar un proyecto es una faena para la que no estamos bien diseñados. En un solo día, cuando partimos, me tuve que despedir tres veces, en tres momentos diferentes, y en cada despedida volvía a sentir concentrada esa brevísima aniquilación que es renunciar a tu gente. Despedí amigos, despedí hermanos. No estoy bien diseñado para acabar proyectos. 
Alí nos dejó una carta escrita, y un montón de dinero (un montón de dinero, sí) dentro para dos chicas de nuestro grupo. Decía que no había podido comprarles nada como regalo. Alí es pobre. Tiene 20 años y solo trabaja seis meses al año. Malpagado.
Tampoco tiene proyectos. Vive solo en el lado desesperante donde acaban, cada vez que ha encontrado una cara amable que durante unos días le aseguró una pequeña comprensión.
Se enamoró con la candidez de los solitarios, y se lo dijo a una de las chicas. Le apuntó su teléfono, y le pidió que le llamara. Alí tampoco estaba preparado para los finales.
Pero sabía decir adiós sin romperse como su pequeño mundo feliz de dos semanas.